Archivos Mensuales: marzo 2013

Terror en la red: “Creepypasta”. ¿Cuál es tu historia “pasta” favorita? Ah, y el primer experimento

La niña de la curva”, “El suicidio de Calamardo”, “El experimento ruso de privación de sueño”, “Blindmaiden.com”, “Suicide girl”…, son incontables los ejemplos de leyendas urbanas anónimas que han alcanzado difusión masiva en internet, tanta, que me atrevería a decir que todo buen internauta se ha topado alguna vez con alguna de tales historias terroríficas, conocidas popularmente con el nombre de “creepypastas”.

Recuerdo que mi primer encuentro con este género de ficciones fue “El experimento ruso de privación de sueño” en su versión original, en inglés, y debo reconocer que, antes de llegar a su final cliché —propio de cuento de terror de tercera— que le resta todo su encanto, la historia me produjo perturbación de espíritu, inquietud, malestar… (en pocas palabras: me cagué de miedo). Y es que eso lo bonito de las “pastas”, y aquello que me hizo aficionarme a ellas: el miedo.

Puntos Claves

1. Una buena “creepypasta” aparenta ser real. En ese sentido, las mejores en mi concepto son las que llaman a la acción al lector: vayan a la página tal, descarguen el archivo x, miren una imágen o un video determinado, sigan cierto ritual… Ejemplos: “Suicide girl” (una imágen); “Blindmaiden.com” (una página web); “CeaseToExist.mp3” (un archivo mp3, ¡cómo no!)… En este tipo de historias hay dos puntos a destacar:

a) la sugestión que producen que, como sabemos, nos hace capaces de ver amenazas hasta en un inocente pollito amarillo, y

b)La historia crece y se enriquece con el feedback de los lectores. Si por ejemplo el video al que se hace referencia no existe, llega alguno y se lo inventa y lo cuelga en la red, u otro relata su experiencia y crea una historia paralela con vínculos actualizados.., en fin que la imaginación del lector entra en juego y la leyenda cobra vida e identidad propias.

2. Una vertiente de las “creepypastas” involucran elementos de la cultura pop como series de televisión o productos de consumo masivo en la temática. Surgen así las historias de capítulos perdidos o prohibidos como en el “Suicidio de Calamardo” o el “Capítulo perdido del Chavo del Ocho”. Aunque poco creíbles no dejan de ser divertidas y tienen la ventaja de que imágenes o personajes reconocidos deformados hacia el horror, se fijan en la mente del lector e impresionan con una fuerza mayor a que si se trataran de imaginarios puros.

3. Un pulgar hacia abajo para el tema gore. Es como en el cine: una cosa el gore y otra el terror. Para mi el gore no me genera miedo; repulsión, repugnancia, sí, pero no miedo. Pues hay creepypastas que son sólo eso: gore, y no son de mi particular interes; esas se las dejo a los amantes de los zombies y de The Texas Chain Saw Massacre y similares .

¿Cuál es tu “creepypasta” favorita? Mándame tu comentario. Yo le tengo especial cariño a ceaseToExist.mp3, porque, y allí es donde la historia cobra esa vida propia de la que hablaba, mientras la leía, de repente, no se todavía por que razón, estalló en mi portátil un sonido de estática y un pitido agudo como cuando un micrófono se acerca a los parlantes. Ese segundo en que sentí que el corazón se me paraba es impagable.

 

No es creepypasta. pero esta otra forma de terror en la red

No es creepypasta. pero esta otra forma de terror en la red

Experimento número 1

Se trata de crear una creepypasta. Fijo el tiempo límite hasta el 7 de abril. Como siempre, si alguien quiere acompañarme, envíenme su pequeño Frankestein a mi correo jfxcastillo@gmail.com y las publicaré en este espacio.

Tiempo al tiempo

 

El tiempo es un misterio como lo han dicho tantos, no solo porque en nuestra mente parece que siempre falta o siempre sobra según se necesite o no, si no también por su propia naturaleza.

 

Parece que el tiempo fluye, pero no lo vemos fluir, no sabemos por ejemplo a que velocidad va.  Solo percibimos el movimiento de las cosas, y ese movimiento lo medimos, lo acotamos, por medio del desplazamiento de un patrón las manecillas de un reloj—; a eso le  llamamos tiempo.  Así visto, el tiempo no es más que un constructo lógico para examinar el movimiento observable.  Pero si todas las partículas existentes en el universo no tuvieran ningún movimiento, ¿el tiempo existiría?  En tal condición, el concepto de tiempo parece no tener utilidad.

 

 

Luego está la causalidad.  Nuestra mano tropieza con el vaso de leche y esta se derrama sobre la mesa, pero nunca veremos que la leche regrese al vaso y este golpee nuestra mano.  Sin embargo, nada en la física que conocemos indica que la flecha del tiempo no pueda ir en dirección contraria a ese causa-efecto de las cosas que nos parece tan natural.  Todas las fórmulas funcionan y son coherentes en un sentido o en otro.

 

Ni que decir de la idea  de algunos científicos de deshacernos del concepto tiempo como una forma de que por fin se den la mano las teorías de lo macro y de lo cuántico.

 

 

Sin embargo, qué es, si no es el tiempo, aquello que me hace estar corriendo todas las mañanas para llegar temprano a la oficina y evitar la mala cara del jefe; o me hace leer aquellas absurdas revistas de farándula mientras espero a mi dentista atrasado con sus citas de la mañana…  Podría poner muchos otros ejemplos más, pero me he quedado sin tiempo para hacerlo.

Real TV

El caso del mando a distancia desaparecido, caso real, por supuesto, unido a mis incontables disquicisiones acerca del mundo de la televisión y su aterradora capacidad de alienación, hicieron alguna vez contacto y síntesis en mi cabeza, con la ayuda de la charla intrascendente en el bar con mi amigo Arto, y de allí surgió la microficción “Real TV” que a continuación les presento, siempre con cariño, desde luego:

REAL TV

—Mi teoría es que somos como un programa de televisión y Dios es un televidente con un control remoto de millones de canales —de allí su omnisciencia—.  Cuando el programa deja de ser redituable y se desgasta en sus fórmulas, pues es sacado del aire; es ahí cuando te mueres.  Y es verificable, fíjate: los programas más populares son los que incluyen violencia, sangre, sexo, escándalo…, y ¿quiénes son los que más y mejor viven? Pues los más violentos, los más escandalosos, los más sanguinarios; véase políticos, dictadores, gente de la farándula, millonarios…  La clave es entonces hacer que tu programa sea siempre atractivo para El Televidente.  No quiero que me borren así que necesito hacer algo impactante.  En éste episodio, por ejemplo, yo saco la Walther que llevo en el morral y le disparo a mi mejor amigo, o sea a ti, y luego le vuelo la cabeza a todos los que están en éste bar, ¿me sigues?

—Me parece que ya he visto muchas versiones de esa serie.

—¿Sí? ¿Y murieron los protagonistas?

—Diego, ¿pero en qué mundo vives!  Se suicidaron después de armar el jaleo.

—Mal asunto… Quiere decir que el tema está trillado y que el tipo ya está cansado de sicópatas…Hay que darle algo más.

—O todo lo contrario.  ¿Por qué no haces la versión masculina de la Madre Teresa de Calcuta?  Sería como un refrito de una serie antigua; podría gustarle.

—No sé…

Los payasos entraron al bar.  Coloridos, bailaron sobre las mesas derramando las bebidas en medio de una fanfarria circense que aturdía.  Con bromas pesadas lograron que los presentes pasaran del estupor al odio, desatándose un combate delirante.  El humo del cigarrillo se marchó del local al aleteo furioso de los puñetazos que iban y venían; los globos multicolores atosigaban el techo y Diego, en el suelo, con el labio sangrante, entre la borrachera de diez cervezas y un golpe de zapato gigante en las pelotas, pensó que estaba en una fiesta piñata.  Fue entonces cuando una cara blanca, con bola roja en la nariz y rizos verdes, se plantó frente suyo y le apuntó con una pistola Walther que había encontrado en un morral abandonado en el suelo.

“Caray,—pensó, antes de que su programa fuera cancelado— ¿por qué no se me ocurrió esto a mí?”

Descontrol Remoto

Mi pelea siempre ha sido con el mando a distancia del televisor.  No sé por qué metafísica razón siempre acaba perdiéndose de vista.  No sé si es porque en verdad existen los duendes y les divierte a los jodidos esconderte las cosas para hacerte rabiar, o acaso de vez en cuando un portal interdimensional se traga las cosas en el salón de tu casa; lo cierto es que el aparato se esfuma justo cuando uno se apoltrona cómodamente en el sillón antes de darse cuenta (grave error) de que presentan en ese momento algún bodrio de peli tipo “Novia a la Fuga” o algún funesto evento deportivo de esos que a ningún mortal que se precie racional le interesaría ver, tal como el baloncesto femenino o el torneo senior de padel. Luego de escrutar por los cojines y preguntar si alguien lo ha visto (vana esperanza, nunca en la era digital se ha visto a nadie dar cuenta de un mando perdido) no nos queda más remedio que afrontar una de las conyunturas vitales más difíciles de resolver: nos levantamos del sillón muy a nuestro pesar, sí, es justo y necesario, pero ¿a qué?: a buscar el mando a distancia por toda la casa o cambiar el canal con los botoncitos del televisor. He recorrido ambos caminos y sólo puedo decir una cosa: ¡a la mierda!

 

Buscar el aparato por toda la casa es sobremanera frustrante, se arrastra uno por los suelos para ver debajo de los muebles y solo nos topamos con mugre y pelusa de días y alguno que otro pedazo de donut o gusanito desamparado. Seguimos por la librería, las habitaciones, y el desespero nos lleva hasta la cocina únicamente para descubrir que en el gabinete de los platos y cubiertos, solo hay platos y cubiertos.  Total, que cuando ya lo hallamos por fin, camuflado en el cajón de juguetes de tus hijos, ya se te quitaron las ganas de ver la tele por muy “Homeland” o “Juego de Tronos” que estén pasando a esa hora.

 

Por otro lado, la cuestión de los botoncitos de las teles planas modernas, es esa precisamente: son botoncitos, son pequeñitos y la letra que indica para qué son es más pequeña aún y más oscura, luego no queda otra que ensayar a ciegas que botón es cada cual hasta encontrar el de cambio de canal,tarea compleja, por que si topas con el que desplega el menú de configuración en la pantalla (el del ratio, el brillo, control parental y esas jodas) ya no hay manera de salir de allí “manualmente” y si, por desgracia adicional, te estan machacando con cualquier escena de cualquier película de Jennifer López o de Ben Affleck (desastre total si estan presentando “Gigli”), el nervio, la angustia, la agonía que te coge es tal que ya no puedes razonar, te tiemblan las manos y lo único que quieres al final es encontrar el botón de apagado.

 

Es por esas que decidí guardar bajo llave el mando a distancia de la tele en mi escritorio.  Por algunos días sentí por fin que tenía el control absoluto de los medios audiovisuales en mi casa hasta aquel malhadado día en que… ¡perdí las llaves del cajón del escritorio!

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