EXPERIMENTO 2 – Terminal – Capítulo 3

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Ares Klauss, sentado en el sillón de su despacho, con los pies encaramados en el escritorio, se dedicaba a buscar en la Cognored la única pieza que le faltaba a su colección: el “Windows Milllenium Edition”, en su caja original. Había ya contactado a un posible vendedor y esperaba la comunicación que le confirmara la existencia del producto mientras jugueteaba dibujando círculos con los dedos en la pantalla táctil de su ordenador. En su mansión tenía una planta entera repleta de grandes fiascos tecnológicos; el Segway, el Iomega Zip Drive y otras muchas «joyas» adornaban las salas de su museo particular dedicado al fracaso. Esperaba que esta última adquisición completara su lista; sería la culminación de años de búsquedas, viajes, pesquisas y, en ocasiones, verdaderas restauraciones al detalle, partiendo de partes, de piezas aisladas y estropeadas, como si fuera un arqueólogo reconstruyendo el cráneo de un cromañón.

Su fascinación por el pasado lo llevó a convertirse en una especie de anticuario tecnológico. Era la actividad que llenaba sus ratos libres y, en aquel momento, tres meses después del traspaso de la Cognored a Nortown y habiéndose convertido en «Jefe de Departamento de los “cachibaches inútiles”» como él mismo solía designar su nuevo rol en la compañía, se sentía con mucho tiempo libre, el mismo que le concedía el no querer hacer absolutamente nada.

El DASO (Departamento de Artefactos de Segunda Oportunidad) era parte de la “estrategia de desgaste” de Nortown contra Ares Klauss cuando este se negó en redondo a marcharse y a vender sus derechos sobre las patentes de la interfaz lente de contacto y los sistemas de comunicación de datos de la Cognored. Los otros miembros de su equipo y amigos personales, los ingenieros Hamilton Hayes y Nadie Flaüsser, quienes habían desarrollado el resto de las interfaces (olfatívas, gustativas y táctiles), por el contrario, se retiraron aceptando una para nada despreciable oferta por sus patentes, algo que les permitiría vivir el resto de sus días sin ninguna otra preocupación aparte de la de respirar y elegir el color de sus aéreo-yates.

Confinándolo al DASO, las directivas de Nortown pretendían minar el último reducto de orgullo en el que se atrincheraba Klauss, y él lo sabía. «Artefactos de Segunda Oportunidad» no era más que un eufemismo para referirse a la reformulación de proyectos que no habían tenido éxito comercial, es decir, material descontinuado, ideas inútiles y sin salida; pérdida de tiempo. Eso, para un hombre cuyos inventos habían revolucionado el mundo de las comunicaciones, era una humillante condena. La pantomima del DASO la completaba un técnico recién salido del horno que le fue asignado a Klauss como auxiliar: Demóstenes Rizo, un verdadero ratoncillo de laboratorio, tan trabajador como entusiasta, tan inocente como iluso; en síntesis, un recién graduado con muchas aspiraciones y que reverenciaba a Klauss como si fuera el padre celestial a pesar de su reciente hundimiento.

<Dr. Klauss, llamada de audio entrante. Emisor: DANTE, Buenos Aires. Aceptar?>

Como flotando en el aire, los caracteres rojos desplegados por el Terminal aparecieron en el campo visual de Ares Klauss, quien respondió con prontitud; era la llamada que estaba esperando:

>Sí<

En los auriculares del Terminal se escuchó la voz carrasposa del vendedor:

―Hola de nuevo, doctor, le tengo buenas noticias, mi agente me confirma que, en efecto, disponemos del artículo y se lo podemos hacer llegar en una semana aproximadamente a su domicilio. ¿Quiere ver una toma del artículo?

Me parece bien.

<Dr. Klauss, imágen 3D entrante. Emisor: DANTE, Buenos Aires. Aceptar?>

>Sí<

Justo en el momento en que el disco y la caja de “Windows Millenium” se desplegaban ante los ojos de Klauss, Demóstenes Rizo entró precipitadamente en la oficina abrazado por una especie de pulpo metálico de cinco brazos. Como el artefacto le tapaba algo de visión tropezó con una de las sillas y fue a estamparse contra el suelo con estrépito. «¡Zoquete!», le gritó Klauss, irritado por la interrupción (ya eran tres en ese día).

¿Algún problema, doctor Klauss? ―preguntó el vendedor creyendo que el insulto iba dirigido hacia él.

Sí, un grave problema, pero no tiene nada que ver con usted. Le haré la transferencia de los ciento diez mil valores en la tarde, tengo que dejarle.

>Terminar llamada<

Las líneas de texto y la imagen desaparecieron tras el mando vocal y Ares Klauss pudo ver con claridad a su técnico, a cuatro patas en el suelo, recogiendo el pulpo de metal.

Discúlpeme, doctor Klauss —dijo Demóstenes incorporándose— solo quería mostrarle que ya lo conseguí, tal como usted me lo pidió. ¿Quiere verlo?

El pulpo metálico era un robot dedicado al cuidado de los bebés y niños pequeños que se comercializó a finales de la década de los cincuenta del siglo XXI. La idea inicial era prometedora: como en la mayoría de las familias ambos padres trabajan a tiempo completo y los casos de pederastia se multiplicaron de una forma tal que hicieron que el público desconfiara de cuidadores humanos y guarderías, la aparición de un autómata especializado en la puericultura y vigilancia se vislumbró como la solución ideal, y así se presentó el año de su lanzamiento.

Mas la idea ya estaba viciada desde un principio: algo malo pasaba en la sociedad cuando se confiaba a una máquina, más que a un ser humano, el cuidado de sus miembros más valiosos. Pero por sobre esta cuestión ética, hubo un aspecto práctico que hizo que el “Nanny Auto Care” (ese fue su nombre comercial) desapareciera del mercado: era un aparato que no podía fallar. Si no pasaba nada grave con que un ordenador, por ejemplo, se quedara colgado de vez en cuando, era inaceptable que un “Nanny” dejara caer por error a un bebé que llevara en brazos, o le derramara el biberón en la cara. Pues solo faltaron dos de aquellos incidentes reportados para que todas las 5500 unidades vendidas tuvieran que ser retiradas con las correspondientes indemnizaciones. El fabricante original quebró y las patentes de los diseños fueron adquiridos por Nortown que, como tantas otras empresas en aquella década, se había apuntado al negocio espacial con la creación de robots articulados de soporte para las colonias recién fundadas de marte.

Con un ajuste al servo mecanismo y una nueva rutina de programación el “Nanny” es ahora capaz de cambiar el pañal sin pringarse.

Demóstenes, por si no lo había notado, está usted lleno de mierda —replicó Klauss viendo la cara del joven ingeniero manchada con la sustancia marrón que usaban en las pruebas como simulación de los excrementos de infantes.

Lo lamento, doctor, debí quitarme esto de encima. No me di cuenta.

Mire, le daré un consejo gratis: si va a realizar una presentación importante es mejor dar risa o asco, pero no las dos cosas a la vez —le respondió con acritud—, pero continúe, soy capaz de controlar las arcadas y las carcajadas por partes iguales.

Avergonzado, Demóstenes Rizo, con las manos temblorosas, dispuso en el escritorio de su superior el robot y un muñeco idéntico a un bebé real vistiendo un pañal. Siguiendo su rutina el autómata se acercó al falso lactante; sus sensores olfativos —apropiadamente graduados al olor florido de la sustancia marrón— detectaron las heces postizas y realizó la tarea de retirarle el pañal, limpiarle y cambiarle. Se podía decir que el “Nanny Auto Care” hizo el trabajo con mayor eficiencia y precisión que las manos humanas, a pesar de los movimientos simulados del muñeco.

Klauss no se preocupó por ocultar su desinterés; mientras el autómata desplegaba su arte, jugaba la partida de ajedrez que había comenzado en el desayuno. No se enteró del fin del proceso hasta que Demóstenes le llamó la atención.

…Y bien, doctor Klauss, ¿qué le ha parecido? Hemos repetido esta prueba 700 veces, sin error. Con esto el “Nanny” ya esta libre de cualquier fallo, ¿no lo cree usted?

Klauss levantó la vista del tablero de ajedrez y suspiró pesadamente; sabía que su ingeniero tenía razón. Después de una pausa incómoda para el novato que esperaba con incertidumbre la reacción de su jefe, el “Director de Cachibaches Inútiles” se levantó de su silla, tomó entre sus brazos al pulpo articulado, se dirigió con parsimonia casi teatral hacia una de las ventanas, apretó el botón que liberaba el campo de fuerza de la misma y sin más, arrojó fuera el artefacto, que cayó al vacío, recorrió las diez plantas que la separaban del suelo y se estrelló haciéndose añicos. Poco faltó para que aterrizara en la cabeza de un desprevenido que pasaba por allí. Demóstenes, confundido, corrió hacia la ventana y sacó la cabeza para ver el destrozo; no sabía qué estaba pasando. Miró luego a Klauss pidiendo, con su mejor cara de “¿qué diablos ha hecho?”, una explicación a lo ocurrido.

Me parece, Demóstenes, que vamos a necesitar diseñarle al “Nanny” un buen par de resortes, ¿no lo cree conveniente? — Fue la única respuesta que recibió.

Luego de que se marchara su ayudante, Klauss esperaba seguir con con su actividad de perder el tiempo sin ninguna otra molesta interrupción, pero no fue así para su desdicha:

<Mensaje de Dirección Operativa: Doctor Ares Klauss, le recordamos que según el artículo 12 de comportamiento, están prohibidas conversaciones particulares por la Cognored por más de dos minutos dentro de horario laboral. Registro pertinente: destinatario DANTE, Buenos Aires, 13:37 a 14:18.

Atentamente: Pilar Tucson – Auxiliar Dirección de Seguridad>

>Borrar mensaje<

Klauss odiaba los mensajes de las Direcciones Operativas; aparecían intempestivamente y sin el correspondiente permiso por parte del usuario del Terminal, pero odiaba aún más que le dijeran qué no podía hacer. Indignado, buscó en el ordenador el organigrama de la compañía para saber quién era el responsable de esa afrenta. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró, como Director General de Seguridad en las Comunicaciones, a Domenique Jafreé, el mismo hombre que trabajó con él en Neterminal como responsable de la seguridad en la Cognored y bajo cuya dirección aconteció el caso Kyle. Jafreé era sin duda, en ese momento, para Klauss, el culpable del desastre de su empresa.

Algo no encajaba, un inepto seguía dirigiendo la seguridad de la Cognored con el beneplácito de la Junta Directiva. Klauss estaba dispuesto a averiguar qué estaba pasando, pero no contaba con que las cosas iban a tomar un cariz violento; esa misma semana una explosión hizo saltar por los aires su automóvil cuando estaba a punto de abordarlo.

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Acerca de jfxcastillo

Ingeniero Electrónico. Técnico Superior en Narrativa Contemporánea. Escritor y ser humano aficionado.

Publicado el junio 3, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Me gusta lo de los capítulos en binario, y también la relación entre Klauss y su admirador, tanto trabajo con el pulpo para eso… Hasta hoy no me había dado cuenta de que cariz no es una palabra aguda, hay que ver O.O

  2. Mierda, quiero decir llana, que no es una palabra llana, huhuhu.

    • Hola, gracias por seguir con atención mi relato. A pesar de la rudeza del episodio estos dos van a trabajar estrechamente juntos.., va a ser divertido ver personajes tan dispares en acción.

  3. Hola, Castillo. Me ha gustado cómo está narrado este capítulo. Me parece interesante la combinación de dos personajes con personalidades tan dispares trabajando juntos, y el que Klauss esté destinado a el DASO, a ver cómo continúa…

  4. gracias jfx por darte de alta en mi blog. Tienes derecho a 1 millon de cervezas, si… la pides antes de las 10:13 de hoy saludos cordiales j re

    • Gracias a ti por las cervezas, aunque creo que ya a esta hora no califico. Me han gustado tus escritos y ten por seguro que seré un asiduo visitante de tu espacio. Ya te escribí un correo contándote acerca de mi otro blog, por si te llegara a interesar. Un saludo muy cordial y hasta pronto.

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