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Tiempo al tiempo

 

El tiempo es un misterio como lo han dicho tantos, no solo porque en nuestra mente parece que siempre falta o siempre sobra según se necesite o no, si no también por su propia naturaleza.

 

Parece que el tiempo fluye, pero no lo vemos fluir, no sabemos por ejemplo a que velocidad va.  Solo percibimos el movimiento de las cosas, y ese movimiento lo medimos, lo acotamos, por medio del desplazamiento de un patrón las manecillas de un reloj—; a eso le  llamamos tiempo.  Así visto, el tiempo no es más que un constructo lógico para examinar el movimiento observable.  Pero si todas las partículas existentes en el universo no tuvieran ningún movimiento, ¿el tiempo existiría?  En tal condición, el concepto de tiempo parece no tener utilidad.

 

 

Luego está la causalidad.  Nuestra mano tropieza con el vaso de leche y esta se derrama sobre la mesa, pero nunca veremos que la leche regrese al vaso y este golpee nuestra mano.  Sin embargo, nada en la física que conocemos indica que la flecha del tiempo no pueda ir en dirección contraria a ese causa-efecto de las cosas que nos parece tan natural.  Todas las fórmulas funcionan y son coherentes en un sentido o en otro.

 

Ni que decir de la idea  de algunos científicos de deshacernos del concepto tiempo como una forma de que por fin se den la mano las teorías de lo macro y de lo cuántico.

 

 

Sin embargo, qué es, si no es el tiempo, aquello que me hace estar corriendo todas las mañanas para llegar temprano a la oficina y evitar la mala cara del jefe; o me hace leer aquellas absurdas revistas de farándula mientras espero a mi dentista atrasado con sus citas de la mañana…  Podría poner muchos otros ejemplos más, pero me he quedado sin tiempo para hacerlo.

Descontrol Remoto

Mi pelea siempre ha sido con el mando a distancia del televisor.  No sé por qué metafísica razón siempre acaba perdiéndose de vista.  No sé si es porque en verdad existen los duendes y les divierte a los jodidos esconderte las cosas para hacerte rabiar, o acaso de vez en cuando un portal interdimensional se traga las cosas en el salón de tu casa; lo cierto es que el aparato se esfuma justo cuando uno se apoltrona cómodamente en el sillón antes de darse cuenta (grave error) de que presentan en ese momento algún bodrio de peli tipo “Novia a la Fuga” o algún funesto evento deportivo de esos que a ningún mortal que se precie racional le interesaría ver, tal como el baloncesto femenino o el torneo senior de padel. Luego de escrutar por los cojines y preguntar si alguien lo ha visto (vana esperanza, nunca en la era digital se ha visto a nadie dar cuenta de un mando perdido) no nos queda más remedio que afrontar una de las conyunturas vitales más difíciles de resolver: nos levantamos del sillón muy a nuestro pesar, sí, es justo y necesario, pero ¿a qué?: a buscar el mando a distancia por toda la casa o cambiar el canal con los botoncitos del televisor. He recorrido ambos caminos y sólo puedo decir una cosa: ¡a la mierda!

 

Buscar el aparato por toda la casa es sobremanera frustrante, se arrastra uno por los suelos para ver debajo de los muebles y solo nos topamos con mugre y pelusa de días y alguno que otro pedazo de donut o gusanito desamparado. Seguimos por la librería, las habitaciones, y el desespero nos lleva hasta la cocina únicamente para descubrir que en el gabinete de los platos y cubiertos, solo hay platos y cubiertos.  Total, que cuando ya lo hallamos por fin, camuflado en el cajón de juguetes de tus hijos, ya se te quitaron las ganas de ver la tele por muy “Homeland” o “Juego de Tronos” que estén pasando a esa hora.

 

Por otro lado, la cuestión de los botoncitos de las teles planas modernas, es esa precisamente: son botoncitos, son pequeñitos y la letra que indica para qué son es más pequeña aún y más oscura, luego no queda otra que ensayar a ciegas que botón es cada cual hasta encontrar el de cambio de canal,tarea compleja, por que si topas con el que desplega el menú de configuración en la pantalla (el del ratio, el brillo, control parental y esas jodas) ya no hay manera de salir de allí “manualmente” y si, por desgracia adicional, te estan machacando con cualquier escena de cualquier película de Jennifer López o de Ben Affleck (desastre total si estan presentando “Gigli”), el nervio, la angustia, la agonía que te coge es tal que ya no puedes razonar, te tiemblan las manos y lo único que quieres al final es encontrar el botón de apagado.

 

Es por esas que decidí guardar bajo llave el mando a distancia de la tele en mi escritorio.  Por algunos días sentí por fin que tenía el control absoluto de los medios audiovisuales en mi casa hasta aquel malhadado día en que… ¡perdí las llaves del cajón del escritorio!

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